por Hernán Ouviña

“El historiador siempre olvida algunos detalles llenos de color”  (Antonin Artaud)

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1. Corría el intenso mes de marzo de 1871 en París. El calor del fuego arreciaba las frentes de numerosos transeúntes de la calle que llevaba a la plaza principal. Algunas banderas rojas y negras flameaban al compás del viento, como anunciando quién sabe qué acontecimiento inolvidable. Las descascaradas paredes de la ciudad amanecían empapeladas con la proclamación de la Comuna. En un pequeño banco, un joven se aprestaba a introducir suavemente unos gramos de pólvora en su desgastado rifle. Esa mañana, en pleno apogeo insurreccional, se disponía a realizar un certero disparo. Su objetivo era el reloj de la ciudad. “El tiempo -pensaba- ya no será el mismo después de este evento tan glorioso”. Había, pues, que detenerlo. No dudó un instante más. Apuntó con su arma y presionó el gatillo como quien acaricia a un amante. La bala salió despedida, relampagueante y voraz, dando finalmente en el blanco. Las agujas sangraban heridas de muerte y los envejecidos números masticaban con igual rabia el hecho. Nacía una nueva época, y ese disparo no era más que el réquiem, escrito en el aire, para un agonizante tiempo homogéneo.

Postales de la Comuna

2. Los hombres trasladaban los escombros. Las mujeres, las pocas armas que aún quedaban con balas. A las puertas de París, las tropas de Thiers acechaban como un lobo indómito. Dentro de un barril, muerto de miedo, se escondía un vagabundo llamado Louis. Él había visto por primera vez bailar hasta el amanecer a los ancianos y niños de la ciudad. No entendía muy bien qué significaba eso de la “destrucción del Estado”, pero se sentía muy a gusto con quienes lo pregonaban a gritos por las calles, en especial con aquellos más radicalizados que, movidos por su ira, habían destrozado a mazazos la antigua iglesia del pueblo, esa misma que le negaba en tiempos pasados asilo. De ahí que, afrontando su temor extremo, decidió ayudar en las precarias barricadas, armadas a lo largo de su enorme morada a cielo abierto. La palabra libertad era en aquel ámbito más concreta y material que nunca, y eso Louis lo sabía, aún sin haber leído a Proudhon, Marx o Blanqui. “¿Sabes qué es la revolución?”, susurró al oído de una morena muchacha que portaba un fusil al hombro y cuya cintura dejaba traslucir el germen de una vida nueva. La joven, dubitativa, no arriesgó definición alguna. Sonriendo, Louis le dijo: “es el orgasmo del pueblo, ¡y lo más grandioso es que se está consumando en mi propia habitación!”.

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